Emilia Alarcón: en la precariedad de la vida

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Emilia Alarcón: en la precariedad de la vida

Emilia nació hace 80 años en un pueblo rural cordillerano de la zona central de Chile. Era la mayor de dos hermanas y vivía con su abuela, con la que llevaba una vida de campo. Creció bebiendo leche directamente de las vacas, que era lo que estaba disponible en la pobreza en que se encontraba. Desde pequeña tuvo relación con la naturaleza, incluso llegó a adoptar a un buitre de mascota.

A los 14 años emigró a la capital, Santiago. Como era la hermana mayor, su deber fue aportar a la economía del hogar, por lo que comenzó a trabajar en casas particulares cuidando niños y niñas. El trabajo doméstico y de cuidado fue su fuente laboral durante toda su vida. A los 17 años, se encontraba en un bar donde conoció a Juan, con quien se casó. A los 18 tuvo al primero de sus cuatro hijos. La crianza de estos recayó en ella sola.

Ante la necesidad de cuidar a sus hijos y de trabajar para sobrevivir, no tenía más alternativa que hacerlo con ellos. Así, mientras trabajaba en casas de familias adineradas, criando hijos ajenos, llevaba a los propios para cuidarlos.

El dinero que ganaba Emilia no alcanzaba para alquilar o comprar una vivienda, por lo que vivió de allegada, junto a sus hijos, en un garaje ubicado en el centro de Santiago durante 6 años. Cansada de vivir en condiciones de hacinamiento y precariedad, se unió con otras mujeres y juntas se tomaron terrenos donde comenzaron a construir sus casas. Las levantaron durante años, siempre en solidaridad con las/los vecinas(os), quienes más allá de ser un soporte material importante en la subsistencia, también fueron sus compañeras(os) en términos afectivos. Se organizaban para buscar agua potable a kilómetros de donde vivían, siempre caminando entre las calles de tierra y el lodo. En conjunto construyeron un barrio. De no haber nada más que una reja que separaba los sitios pasó a ser un espacio vivo y habitado.

Emilia emprendió este cambio con su hija menor de pocos meses. Al no haber electricidad, alcantarillado, ni agua potable, la ayuda de las/los vecinas(os) fue fundamental. Un ejemplo de esto era el cuidado. Con un grupo de vecinas se organizaban para el cuidado de los/las niños(as), mientras que otras iban a buscar agua o lavaban pañales. Las condiciones higiénicas eran complejas, ya que además de que cada lugar debía tener una letrina, cercano a los terrenos había un vertedero de basura, lo que generaba un sinnúmero de moscas y ratones. Al paso del tiempo, las/los vecinas(os) se organizaron y pidieron los servicios básicos y mejores condiciones de infraestructura en las calles.

La solidaridad y los cuidados de unas/unos con otras/otros fueron la forma de relacionarse con las que envejeció Emilia. En su casa hecha con sus propias manos y con las de su comunidad, comenzó a albergar a sus nietos y bisnietos, sin nunca dejar de trabajar remuneradamente para poder mantener a su familia. Nunca se ha enfermado, “en Chile los pobres no podemos enfermarnos”, dice reiteradamente cuando le preguntan por su tan “buena salud”. No niega que le duele la columna, que la artrosis en sus manos cada vez la inmoviliza más, y que se siente muy cansada, pero su pensión de $97.000 pesos (110 euros o 121 dólares) no alcanza para vivir, ni para pagar las cuentas básicas como el agua y la luz.

A sus 80 años aún trabaja haciendo el aseo en casas de personas adineradas, además de cuidar a su marido; no obstante, los vínculos creados durante la vida con sus vecinas(os) han hecho que su precaria vejez sea más llevadera. Así, a menudo Emilia se reúne con las mujeres mayores de su barrio para hacer actividades en conjunto y hacer fuerza para exigir mejores condiciones de vida. Ella da gracias a su comunidad por su apoyo y comprende que las personas solo podemos ser en relación con otras.

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